Los diablos de polvo

Soy exhibicionista, pero una vez que mostrar mi cuerpo -especialmente a extraños- ya no sosegó las pasiones de mi ánimo, decidí escribir.

sábado

Y después de que Sueño llegó

Es una sensación extraña estar esperándote. Había hecho tanto para estar aquí, para encontrarte de nuevo, para hacer todo lo que nos habíamos escrito durante meses. Pero, ¿y si no llegabas? ¿y si el viaje resultaba en vano? ¿y si te arrepentías o tenías otras cosas qué hacer? Por supuesto, lo más obvio también pasó por mi cabeza: ¿y si habías encontrado a alguien más, a alguien importante?
De pronto empecé a imaginar el peor escenario, aunque ya no me servía de nada en ese momento, debí haber pensado antes de comprar los boletos de avión, de llegar a Sudamérica – ¡otra vez! – y de estar rumbo a República de la India, dos horas antes de lo acordado. Después de diez minutos sentada en la silla con mi nombre, empecé a enloquecer. Debí haber invertido ese dinero en un viaje a China o Islandia para conocer cosas totalmente diferentes, ya de perdida Cuba para volverme revolucionaria durante mis vacaciones. La lista de países fue interminable, o al menos eso me pareció porque cuando terminé de quejarme sólo habían pasado cinco minutos. ¿Cómo demonios recorrí el mundo conocido en 5 minutos? Maldito tiempo relativo.
Empecé a conversar con el dueño, un viejito seco, me preguntó por qué estaba ahí. Claro que yo no le iba a contar mis intimidades: haber cruzado el continente americano, – ¡por tercera vez! – para encontrar a un chico que ni siquiera estaba segura de encontrar – ¡otra vez! – no es digno de una señorita que se de a respetar. Si mi papá me viera me recordaría que las mujeres no debemos ser rogonas, sino rogadas. Suertudo de mi papá, creció en otra época, en donde las mujeres todavía tenían paciencia y no estaban desesperadas por vivirlo todo.
Después de unas palabras y unos chistes malos, no resistí y le platiqué mi historia. Ahí sí, hasta le cambió la expresión al viejito, y es que… el chisme es el chisme, aquí y en China, diría mi tía Martha. Estaba bien interesado en lo que pasaba, que si habías sido el único durante mi viaje, que si me había enamorado, él estaba seguro que sí, una persona no hace semejante viaje –¡otra vez! – nada más por un caprichito. Los meseros intervinieron, yo estaba feliz, hablando de ti pero sin pensar en ti, sin recordar que te esperaba. Uno dijo que era un acto poético, que a leguas se veía que yo tenía alma bohemia y esto lo hacía para tener una historia para mis nietos. Otro decía que era más bohemio hacer viajes diferentes y enamorarte en cada uno. Y así siguió la discusión hasta que llegó la hora. Me puse verde, no podía dejar de sonreír, pero no era emoción, era terror. Les decía a los muchachos: ¿y si no llega? Me dijeron que si no llegabas, les diera tu nombre y dirección, y se encargarían de hacer que te arrepintieras por haber dejado plantada a tan linda mexicana – amo ser extranjera, es el mejor estado de ánimo –. Estaban ansiosos por que llegaras.

Siete minutos antes de la hora, te vi. Estabas en la acera de enfrente. Volteaste hacia el restaurante, pero tu mirada estaba nublada, te seguiste derecho. Todos empezaron a decirme que seguro no me habías visto, que el local estaba muy oscuro. Esperé un momento y salí a buscarte. Estabas en un café a unos pasos de donde habíamos acordado. Me acerqué y cuando me viste, me di cuenta de que sí me habías estado esperando todo este tiempo, a pesar de que creías que ya me habías olvidado, y me senté…

Etiquetas:

0 comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Inicio